martes, 19 de mayo de 2026

Guarico Sur - Verano 2026

Aguaro-Guariquito Sur

Una expedición al sur del parque, lejos del ruido y la gente



El puente de mayo y la planificación

El fin del verano es la última temporada donde se puede circular con tranquilidad por el Aguaro-Guariquito. Antes de que lleguen las lluvias, los caminos todavía son manejables, el polvo rojizo de las trochas está controlado y la vegetación aún no se ha cerrado. Una vez que el invierno entra, todo cambia: los verdes se intensifican, los ríos crecen y algunos pasos se vuelven imposibles. Hay que saber por dónde ir y cuándo .

 



El 1.° de mayo cayó perfecto. Como buen venezolano, cuando una fecha festiva roza el fin de semana, el puente se estira sin discusión. En la comunidad off road eso se aprovecha, y esta vez la idea era clara desde el principio: nada de destinos conocidos, nada de lugares llenos de gente. La zona tradicional del parque ya está bastante golpeada por el mal uso de algunos visitantes con una cultura ecológica totalmente inexistente y una falta de respeto al vecino sin medidas, ya hasta los rincones más alejados empiezan a llenarse de grupos grandes, estos grupos son más cuidadosos y respetuosos, no está mal que llegue más gente con buena actitud ecológica, pero cuando son muchos en un espacio pequeño, el lugar pierde lo que lo hace especial.

La solución fue revisar datos de recorridos anteriores y cruzarlos con imágenes satelitales actualizadas. El resultado fue muy bueno. Con eso sobre la mesa, el siguiente paso era simplemente ir y ver qué tan cierto era todo sobre el terreno.










Siete horas y una laguna misteriosa

Para este tipo de recorridos el grupo tiene que ser pequeño y estar comprometido con la logística. No hay margen para improvisaciones en sitios tan remotos. La primera jornada fue de siete horas de camino hasta llegar al sur del parque, que era la zona seleccionada para instalar el campamento base.

Al llegar encontraron una laguna grande, afluente de los ríos principales del parque. El agua estaba a buena temperatura, el fondo era completamente arenoso y la profundidad permitía estar sentado cómodamente durante horas. Una brisa constante hacía el calor del llano totalmente tolerable, y lo más curioso: levantaba olas en la superficie que chocaban en la orilla con un sonido muy parecido al mar. Cualquiera que cerrara los ojos podía confundirse fácilmente.









Cada quien aprovechó el lugar a su manera. Algunos recorrieron la laguna en pádel, otros se dedicaron a observar las diferentes aves a los alrededores, otros simplemente tomaron sol en la orilla. El niño que venía en el grupo tuvo su propio parque de diversiones: arena, agua y espacio para correr sin límite. La mascota de la expedición no paró ni un segundo: correteó animales todo el día hasta caer rendida al anochecer y dormir de un tirón hasta la mañana siguiente.













Cuando la brisa paró, el silencio fue total. Y en ese silencio el lugar mostró su otra cara: sonidos del agua, movimientos entre la vegetación, chapoteos en las orillas. Recordatorio directo de que eso es territorio virgen y la fauna llanera no es decorativa. Esa noche había luna llena y la laguna la reflejaba perfecta. El baño nocturno era tentador, pero los estruendos que llegaban desde las orillas fueron suficiente argumento para descartarlo. Respetar el entorno en ese tipo de lugares no es opcional.










El segundo día: fincas, pozos y el terreno manda

El objetivo del segundo día era más ambicioso: localizar la naciente de un río, dos pozos y un par de playones que en los mapas prometían ser buenos campamentos. La zona estaba compuesta por una cadena de cerros que forman valles, y por esos valles es donde nacen los humedales y los morichales. Siguiendo esa línea natural, el recorrido se fue adentrando en fincas privadas.




En cada finca se pidieron los permisos correspondientes y se explicó la intención de la visita. Los lugareños, como siempre, se sorprendieron del nivel de información que manejaba el grupo. Se rieron, como siempre hacen, y abrieron el paso sin problemas. Ya sabían que había gente en la zona: en el llano profundo, esas cosas no pasan desapercibidas.




El encuentro con los habitantes de esas fincas fue uno de los mejores momentos del viaje. Contaron sobre su rutina diaria, la fabricación de queso, cómo construyen sus casas con bahareque y mostraron con orgullo legítimo el horno nuevo que acababan de terminar. El grupo aportó combustible y algunos medicamentos; ellos pusieron un café recién colado en el fogón de leña que no tiene comparación. Antes de seguir, quedó pendiente una promesa: en la próxima visita, una comida en ese horno.






La navegación satelital funcionó bien, pero el terreno dio su propia lección. Desniveles de tres a cinco metros son prácticamente invisibles en una imagen de satélite, pero sobre el suelo son un obstáculo real para los vehículos. Ahí es donde la experiencia hace la diferencia: lectura del entorno, GPS aplicado de verdad, decisiones en equipo y, fundamentalmente, hacerles caso a los locales. "Para allá no pasa carro, eso es puro farallón" — eso no lo dice ningún mapa.

Se llegó a los lugares marcados. El playón existía, pero el cauce de agua era muy pequeño para esta época. Del primer pozo se llegó sin problema: una naciente, pero estancada; las grietas del suelo absorben el agua antes de que pueda correr y lo que quedan son charcos. Al segundo pozo, más grande según los datos, no se pudo entrar: un tapón de vegetación densa bloqueaba el paso y no se tenía el equipo para despejarlo ese día. Conclusión obvia: en pleno verano esos lugares no están en su mejor momento. En invierno, con el agua activa, la historia tiene que ser completamente diferente, ya con los conocimientos de la zona tenemos la ubicación de las zonas altas y será muy sencillo llegar en invierno. 




Plan B, parrilla y una conversación de alto nivel

La decisión de regresar al primer campamento fue unánime y sin discusión. Cuatro horas de búsqueda, datos nuevos en mano y experiencia ganada. Corrección de rumbos nuevas trillas y en dos horas de regreso y ya estaban de nuevo en la laguna. El Plan B, en este caso, era tan bueno como el Plan A.

La noche cerró con parrilla y fogata bajo un cielo sin contaminación lumínica, de esos donde las estrellas se ven con una claridad que en la ciudad es imposible. La comida, el fuego y el grupo relajado después de dos días de recorrido eran más que suficientes para cerrar bien el viaje.


Pero el broche de oro de la noche no fue la comida ni el fuego: fue la conversación. Dos compañeros de viaje —ambos con negocios en Caracas y San Antonio, trabajando en sectores casi idénticos— hablaron con una lucidez y una generosidad poco comunes. En lugar de verse como competencia, se reconocían como aliados naturales. Compartían clientes, se referían trabajo mutuamente, se colaboraban en nombre de un fin común: el beneficio recíproco y la calidad del resultado final para quien los contrataba. Eso, en el lenguaje del verdadero profesionalismo, se llama alto nivel.

 Es un ejemplo pequeño, pero concreto, de lo que Venezuela puede construir cuando la gente decide colaborar en lugar de pelearse el mercado. Ese tipo de conversaciones, en ese tipo de lugares, con ese tipo de personas, son exactamente la razón por la que vale la pena hacer estos viajes.

El Aguaro-Guariquito Sur guardó sus mejores cartas para la próxima temporada. Y está bien así.




Quería darles las gracias a todos por el tremendo viaje que nos lanzamos. De verdad que todo salió perfecto porque nos activamos como un solo equipo; la colaboración y la buena vibra se notaron desde el primer momento, solucionando lo que fuera sin complicarnos. Pero lo que más valoro es que todos estuvimos en la misma sintonía con el cuidado del lugar, sin dejar rastro y demostrando una madurez ecológica brutal. Esa conciencia es la que nos abre las puertas y nos deja la pista lista para los próximos viajes. ¡Gracias por el apoyo y por ser tan excelentes compañeros de ruta!

@romoindustrias
@lamoncha.ccs
@dekorustic4wd